Los trabajadores y la gente de a pie comenzaron a pasar a la acción y a volver a la calle. La pregunta inevitable es cuánto tiempo más esperará la clase media para volver a agarrar las cacerolas.
*Carlos Detona para DetonaDos.
La economía dejó de ser una variable técnica para convertirse en una herida abierta que atraviesa a toda la sociedad. Fue, sin dudas, la gran bandera que llevó al poder a Javier Milei: estabilizar la economía, domar la inflación, ordenar el caos. Y aunque algunos indicadores muestran avances, la realidad cotidiana cuenta otra historia, más áspera, más cruda: los precios se frenan, pero los salarios se desvanecen.
En la calle, el termómetro social marca otra temperatura. La desesperación crece en silencio, pero ya no pasa desapercibida. Llegar a fin de mes dejó de ser un desafío para convertirse en una quimera. A la angustia de los números que no cierran se le suma ahora el peso de las deudas impagas, las tarjetas al límite y los servicios que se acumulan. La sensación es clara: no hay salida visible, no hay luz al final del túnel.
La pregunta se impone, incómoda y urgente: ¿nadie lo está viendo? La marginalidad avanza, la pobreza se hace cada vez más visible en los barrios, golpeando puertas que antes resistían. Y, sin embargo, la percepción general es que la dirigencia política llega tarde o, peor aún, no llega. Mientras tanto, el descontento comienza a tomar forma y a perder el miedo.
Los datos lo confirman. Un estudio de la consultora Zuban Córdoba revela que el 71,2% de la población considera necesario un cambio de gobierno, frente a un 21% que lo rechaza. No se trata de una minoría aislada: es un clima social extendido, transversal a edades y sectores. Entre quienes tienen entre 31 y 45 años, el porcentaje asciende a un contundente 79,4%.
La señal es clara y el mensaje, contundente. El malestar ya no responde a un grupo específico: es una percepción generalizada sobre el rumbo del país. Una advertencia que crece y que, de no ser escuchada, puede transformarse en algo más profundo.
En la antesala del Día del Trabajador, la reflexión se vuelve inevitable. Ojalá el rumbo encuentre correcciones a tiempo. De lo contrario, el riesgo no será solo económico, sino también social: el derrumbe de un relato que alguna vez ilusionó a la mitad de los argentinos.



