El 30 de octubre de 1983, Raúl Alfonsín fue elegido presidente tras más de siete años de dictadura militar. El 10 de diciembre de 1983, hace hoy 42 años, Alfonsín asumía la Presidencia de la Nación. Estos dos hechos marcaron un antes y un después para la historia argentina y su sistema político. Pasadas más de cuatro décadas vemos que nunca Argentina vivió tantos años sin golpes de Estado, y más aún, esa posibilidad ya no está en la mente de la ciudadanía.
De Malvinas a la democracia
Después de la derrota en la guerra de Malvinas el 14 de junio de 1982, Leopoldo Fortunato Galtieri fue desplazado. La nueva junta militar, que integraban Cristino Nicolaides, Rubén Franco y Augusto Hughes, decidió que el presidente hacia la inevitable transición a la democracia fuera un general retirado, Reynaldo Benito Bignone, que negociara la posibilidad de que fueran las propias Fuerzas Armadas quienes juzgaran a sus pares por las graves violaciones a los derechos humanos.
El plan original era que el ganador de las elecciones, que se celebrarían a finales de 1983, asumiera el 25 de mayo de 1984. Sin embargo, la debacle moral y económica del régimen militar -con un 20 por ciento de inflación mensual, la paralización de la economía, una deuda externa de 45.000 millones de pesos y exiguas reservas- hizo que esa idea se hiciera añicos y planearan la entrega mucho antes. El 12 de octubre se firmó el decreto 22.847 que convocó a elecciones el 30 de octubre de 1983 y el traspaso de mando el 30 de enero del año siguiente.

Pero lo que sucedió en las elecciones no estaba en los planes de la mayoría. Raúl Alfonsín, abogado radical de Chascomús, comenzó a recorrer de punta a punta el país. Llevaba la Constitución en la mano y una promesa de bienestar que resumía en el Preámbulo de nuestra Carta Magna con que terminaba cada acto.
El 30 de octubre, el candidato de la Unión Cívica Radical obtuvo la victoria en primera vuelta, con el 51,75 por ciento de los votos. El candidato del PJ, Ítalo Lúder, sumó el 40,16 por ciento de los sufragios.
La contundencia del triunfo radical hizo que todo se precipitara. Los militares, urgidos, sancionaron la Ley de Autoamnistía. Pero Alfonsín, que desde un inicio se negó a cualquier acuerdo que jaqueara su idea de juzgar las violaciones a los derechos humanos, insistió y logró que la entrega del mando se anticipara por segunda vez. La junta militar, y Bignone, acorralados por su decisión y el formidable apoyo que tenía el presidente electo por esos días, firmaron un nuevo decreto, el 22.972, que estableció una nueva fecha.
Alfonsín, que había sido uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos el 18 de diciembre de 1975, aprovechó para fijar, él, la nueva fecha: sería el 10 de diciembre. La elección tuvo un fuerte contenido simbólico, desde 1948, se celebra el Día Universal por los Derechos Humanos, una decisión de las incipientes Naciones Unidas para el “Nunca más” universal luego de las vejaciones y los campos de exterminio de los nazis.

El Día de la Democracia
Alfonsín había decidido que su bunker estaría en el hotel Panamericano. Desde allí, el 10 de diciembre de 1983, partió rumbo al Congreso de la Nación, donde arribó a las 7:45 de la mañana. Una vez en el Palacio Legislativo d la Nación, Raúl Alfonsín, acompañado por su vicepresidente, el cordobés Víctor Martínez, se dispuso a dar su discurso inicial, que duró 60 minutos.
El primer paso del acto lo dieron los ex presidentes democráticos vivos, invitados especiales a la fiesta: Arturo Frondizi e Isabel Martínez de Perón izaron la bandera nacional. A las 8:30, Alfonsín comenzó su discurso. Tenía preparadas 74 páginas prolijamente ordenadas. Leyó apenas 28. El resto fue al cuaderno de sesiones. Entre otras cosas, dijo: “Hoy ha terminado la inmoralidad pública. Vamos a hacer un gobierno decente. Ayer pudo existir un país desesperanzado, lúgubre y descreído: hoy convocamos a los argentinos, no solamente en nombre de la legitimidad de origen del gobierno democrático, sino también del sentimiento ético que sostiene a esa legitimidad”.
Y siguió: “El pasaje a la libertad requiere una creciente comprensión de los ciudadanos sobre la importancia de cada uno de los actos que influyen sobre el conjunto social. Las libertades concretas implican libertades sociales, acceso a la educación, posibilidad de justicia igualitaria, derecho a la salud, resguardo de su intimidad y también, por supuesto, derecho al orden que el gobierno democrático garantizará con los medios que las leyes ponen en sus manos”.

A las 9:10 se entonó el Himno Nacional y el senador Edison Otero dio por concluido el acto. Ya presidente por los próximos seis años, Alfonsín salió del recinto acompañado por su esposa, María Lorenza Barreneche. Juntos abordaron el Cadillac descapotable y tomaron por Avenida de Mayo custodiados por la fanfarria de los Granaderos a Caballo. A lo largo del trayecto hacia el Cabildo, que la pareja presidencial hizo casi siempre de pie, miles de personas y una nube de papelitos hizo épica la marcha.
A las 10:00 llegaron a la Plaza de Mayo, y 20 minutos después, por el desborde de la gente, pudieron arribar a la explanada de la Casa Rosada. Allí, a las 11:00 se produjo el traspaso de mando. Reynaldo Bignone le entregó los atributos. El hombre de los afiches con las manos entrelazadas daba paso a un presidente con banda y un bastón creado por el orfebre Juan Carlos Pallarols en madera de urunday, con una flor con 24 cardos y tres pimpollos en representación de las islas del Atlántico Sur. Luego le tomó juramento a su primer gabinete. En este orden, junto al escribano Echegaray, recibió a Antonio Tróccoli (Interior), Bernardo Grinspun (Economía), Dante Caputo (Relaciones Exteriores), Roque Carranza (Obras y Servicios Públicos), Raúl Borrás (Defensa), Antonio Mucci (Trabajo), Aldo Neri (Salud y Acción Social) y Carlos Alconada Aramburú (Educación). El “aplausómetro” indicó que el gran ovacionado fue Mucci, quien debería bregar con el sindicalismo. Al final del mandato, el líder de la CGT, Saúl Ubaldini, llevó la cuenta de los paros contra Alfonsín a 13.
En Plaza de Mayo, una multitud aguardaba la palabra del flamante mandatario. Ya el sol se hacía sentir y la gente se apiñaba. El hit favorito, al compás de los bombos de la Juventud Radical -toda una novedad en el añejo partido-, era “Y siga siga siga el baile, al compás del tamboril, volvimos a ser gobierno, de la mano de Alfonsín”. No había certeza si Alfonsín iba a hablar… ni desde donde. Finalmente, se supo. Y sorprendió.
La decisión de usar el Cabildo como tribuna y no la Casa Rosada fue tomada por dos motivos. El último que había usado los balcones de la Casa de Gobierno había sido Leopoldo Galtieri durante la guerra de Malvinas, una imagen que, desde luego, no deseaba asociar con su incipiente mandato. Por otra parte, el “balcón de la Plaza” había sido desde 1945 patrimonio del peronismo, y también quería comenzar con una impronta propia.

Fue un discurso breve, improvisado, de apenas 7 minutos, que culminó con el recitado del Preámbulo de la Constitución. Pero antes, dijo: “Compatriotas, iniciamos una etapa que sin duda será difícil, porque tenemos todos la enorme responsabilidad de asegurar hoy, y para los tiempos futuros, la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina”.
Comenzaba un período de esperanza. Seis años después, Alfonsín anticipaba su salida del gobierno con unas palabras amargas: “No pude, no supe, no quise”. Pero por más que los gobiernos pasen y las soluciones de fondo esquiven a nuestro país, aquel 10 de diciembre marcó una certeza indeleble: que nuestro sistema de vida se trata de esto, que la gente elija una y otra vez su gobierno. Lo sintetizó Alfonsín en 2005, 18 años después, al recordar aquella jornada: “Fue muy lindo aquel día, sí… Se reinstauró la Democracia”.
Fuentes: CHAJARI AL DIA – Hugo Martín – Infobae


