La historia de Federación, el pueblo hundido por la dictadura que emerge de mil y una maneras

Con el pasado quemando bajo los pies mojados

Cada vez que baja el lago Salto Grande, los habitantes de la ciudad vieja regresan a buscar rastros del pasado entre los escombros. Las historias, los recuerdos, las nuevas generaciones y una causa judicial.

Por Alejandra Dandan

La iglesia fue demolida, algunos dicen que en vano. Gentileza Museo de los Asentamientos

Venecitas. Una baldosa. Los cimientos de una iglesia. Cuando baja el lago, Néstor Berterame vuelve al pueblo donde nació a buscar rastros de su casa. La ciudad fue demolida durante la construcción de la represa de Salto Grande. Como él, también vuelven otros antiguos habitantes.

—Vuelvo, siempre vuelvo –dice él–. Y camino por la casa que estaba frente a la plaza, en cruz con la iglesia: están todos los cimientos, se ven las baldosas.

La vieja ciudad de Federación, Entre Ríos, suele pensarse como metáfora de la última dictadura. Sus habitantes fueron obligados a dejar sus casas de manera compulsiva durante un traslado que terminó con la ciudad bajo el agua. Pero desde entonces, la ciudad se obstina en volver. Vuelve con cada bajante del lago Salto Grande. Vuelve cuando los viejos habitantes recorren los cimientos buscando el pasado. Vuelve con las nuevas generaciones atravesadas por esa misma historia. Vuelve en una causa judicial que investiga un capítulo menos conocido, la persecución a los trabajadores de la represa (ver nota aparte). E, inesperadamente, vuelve también en los restos identificados por el Equipo de Antropología Forense en La Perla.

—El otro día le dije a unos amigos, qué lindo sería hacer un censo –continúa Berterame–. Quisiera preguntar cuántos quedamos de los nacidos en la ciudad vieja. No debemos ser muchos. Vinimos siete mil personas a la ciudad nueva y ya pasaron 47 años. Quiere decir que hoy, sólo los que tienen de 47 para arriba, pudieron haber nacido en la vieja.

Él es uno de ellos.

Años atrás, la curadora Lucía Savloff se hizo una pregunta mientras trabajaba con una artista visual joven y de la ciudad, Estefanía Santiago. ¿Qué efecto tendría sobre nuestra identidad la destrucción del espacio que habitamos? Quizá, escribió entonces, la ausencia de los restos de la ciudad desaparecida impulsa a la gente a recuperar fragmentos de sus casas y rescatar vestigios de las “garras del olvido”.

Los últimos días

El traslado ocurrió entre marzo y junio de 1979. El 25 de marzo, Jorge Rafael Videla inauguró en persona la ciudad nueva. Un día después empezaron las mudanzas.

A Berterame le tocó el 30 de abril. Esa mañana se levantó para ir al trabajo, en el Banco de Entre Ríos. Abrió la canilla para lavarse la cara y cepillarse los dientes, pero no salió agua. ¡Puta madre!, se dijo. Agarró la pasta y el cepillo dispuesto a irse como estaba. Cuando pisó el zaguán, el pasillo estaba lleno de canastos de mudanza. Nadie tenía que decirle nada, era una señal de que a él también le había llegado la hora.

Tenía 27 años. Militaba en el peronismo y en la muy activa Comisión Pro Defensa de los Intereses de Federación y Apoyo a la Construcción del Complejo Hidroeléctrico Salto Grande, y vivía con sus padres en una casa muy grande que la familia terminaba de pagar.

—Venía una empresa de mudanzas de Buenos Aires que se llamaba El Sol Argentino –explica–. Te dejaba los canastos frente a tu casa una noche y eso quería decir que al otro día, te venían a buscar. Tenías que poner todas tus cosas ahí adentro porque al otro día te llevaban porque venían las topadoras, sacando y sacando. Primero te quedabas sin agua, después sin luz. Y tenías que irte. Sí o sí”.

Corina Rollano era una niña pero recuerda el último día. “A cada ratito”, dice, vuelve a la vieja ciudad. No vuelve a una calle, vuelve a los olores y colores. El arroyo, las sombras, el río, las piedras, las jaranas con las que los aserraderos transportaban la madera por el río.

Hoy es docente, militante de derechos humanos y ex viceintendenta.

—Tengo el olor del verano todavía metido adentro –dice–. El olor del tilo, de la tierra, de las calles llenas de árboles, del espinillo y el aromito con una flor amarilla que perfuma todo.

Cuando cierra los ojos recorre las galerías de sus abuelas. Los parrales. Los nísperos y las casas de los primos.

El pueblo tenía, como todo pueblo que se precie de pueblo, una plaza en el centro y, alrededor, las casas con patios, baldosas y galerías frescas. Frente a la plaza, estaba la iglesia de la Inmaculada Concepción con sus escalones de mármol blanco, una escena constante en las fotos de las bodas y ceremonias religiosas. A un costado, estaba la Casa Parroquial y al otro, la Biblioteca Popular. La calle principal desembocaba ancha y oronda donde debía: en la costanera con la playa y el río.

Corina vivía en una casa pequeña. Un caminito lleno de arbustos la llevaba directo a la casa de su abuela Corina, y a sus platos de comida.

—Cuando tiraron abajo mi casa me impresionó, papá nos tapó los ojos pero vi la cara de mi mamá desfigurada: flaca, morocha, juntando los pedazos. Estuvieron mucho tiempo en mi casa. Después hizo una grutita con esos restos. Todos los federaenses tienen un pedacito de la casa vieja en su casa. Un ladrillo. Un pedazo de piso.

La represa, Perón y Videla

La historia de la represa empezó treinta años antes de que el agua cubriera la ciudad. Nació durante el segundo gobierno peronista y se inauguró con la dictadura. En el medio, hubo demoras, un pueblo con el tiempo suspendido, estudios de impacto, plebiscito y un proyecto de ciudad diseñado con el acuerdo de los vecinos pero impugnada por la dictadura.

—Cuando se produce el golpe –recuerda Berterame–, comenzó a correr la versión de que se iba a hacer la represa, pero no se iba a hacer la ciudad. Decían que iban a pagar la indemnización a la gente por cada casa y que cada cual se arreglara como pueda.

—Como pasó en otros lugares.

—Si, ¡pero acá era una ciudad entera!

La Comisión Pro Defensa buscó acuerdos y reuniones y logró que la dictadura tomara el proyecto peronista. Pero lo tomó recortado.

—Decían que era un proyecto comunista –dice Berterame–: sacaron el cine, el teatro, las canchas de fútbol, los clubes, la biblioteca. Todo lo que fuera cultura y deporte lo borraron del proyecto.

Un traslado caótico

Cuando comenzaron las mudanzas, la ciudad nueva no estaba terminada. ”Todo fue bastante caótico”, dice ahora Lidia Grigolatto del Museo de los Asentamientos. Fue un marzo lluvioso y las lluvias demoraron la obra y las casas. La ciudad no tenía calles, no tenía veredas, no tenía luz. En algunas casas faltaba hasta lo indispensable. Puertas internas, inodoros o ventanas. La gente de todas maneras se iba mudando porque el agua, dicen, les iba tapando las casas de la vieja ciudad. En el apuro, muchos no sabían siquiera dónde habían quedado sus casas.

—Si bien sabías dónde estaba la casa que habías elegido –explica Lidia–, no sabías dónde había quedado tu vecino de toda la vida. Cada uno tuvo que volver a enterarse dónde estaba la escuela, el kiosquero, el almacén. Hubo que volver a rearmar el entramado comunitario.

Corina recuerda el impacto.

—Los viejos se morían de tristeza. Mi abuela tenía los parrales, la huerta, criaba pollos y de golpe la metieron en una casa y estaba como perdida. No sabía dónde estaba. Nosotros pasamos casi dos años sin ninguna relación social: no había dónde juntarse, dónde festejar un cumpleaños, ni plaza dónde jugar.

Berterame recuerda otra escena. Los muebles. “Hay muchas cosas para contar –dice–, por ejemplo, los mayores llegaban con los muebles de su casa de la ciudad vieja y, acá, en la casa nueva, no entraba nada. Las piezas eran de tres por tres”.

Volver

La gente del pueblo empezó a volver después de una primera gran bajante. Ese día, Corina llevó a su madre. Berterame volvió con sus hijos a mostrarles su primera casa. Y Lidia volvió y encontró parte de un piso.

—Nostalgia –dice que le produce ese recorrido–. Escuchaba a un antropólogo que decía que son como las capas superpuestas de historias, que navegar en el lago es como navegar en un paisaje de superposiciones de capas. Como que el pasado está debajo de tus pies y uno se asienta sobre esto.

El pasado abajo de tus pies. Y uno se asienta sobre esto, una y otra vez.

La iglesia demolida

La Iglesia de la Inmaculada Concepción fue el último edificio en caer. Las discusiones sobre qué debió haber ocurrido con ella llegan hasta el presente. Algunos evaluaron dejarla en pie, otros creen que no debió ser demolida.Según Lidia, una de las hipótesis es que se creyó que la construcción no iba a resistir el oleaje del lago y podría ser peligroso mantener la estructura ante posibles desmoronamientos. Néstor Berterame cree que la demolición no tuvo sentido.

—Una lástima que se tiró abajo –dice–. El cura dijo que no y la voltearon, pero la voltearon al pepe porque esa iglesia no se hubiese caído nunca. Bastaba sacarle todo lo que eran puertas y ventanas y dejar que el agua corra por adentro. Hoy hubiera sido un atractivo turístico extraordinario. Frente a la Iglesia, estaba la plaza. El pueblo con la municipalidad organizaron allí un último asado para despedirse del pueblo. La plaza además fue de lo más importante en ese final. La municipalidad decidió, recuerdan algunos, que ese lugar sería el único demolido por la propia gente de la comunidad.

La causa judicial

Josefina Minatta es la fiscal federal de Concepción del Uruguay que investiga la construcción de la represa como parte de las causas de lesa humanidad. Una de las historias menos conocidas del caso, dice, es lo que sucedió con el pueblo, destruido y con la gente trasladada de manera compulsiva.

“Destruyeron todas las cosas: las iglesias, los museos, la costanera, las casas para poder inundar la zona y la ciudad se construyó de nuevo con un diseño militar: son todas casitas iguales. Pero la parte realmente desconocida de la represa –agrega– es la inmensa represión que sufrieron los trabajadores que intentaban hacer algún tipo de huelga: por los francos compensatorios o las condiciones laborales”.

La represa se construyó entre 1974 y 1979, y la persecución a los trabajadores no se conoce. “Hay mucho para investigar aún, datos de la complicidad empresarial y sindical.

Hubo un estallido en la sede de la Uocra, le pusieron una bomba para interrumpir un proceso electoral. Los delegados y la organización obrera es otro capítulo del caso porque los argentinos representaban a los uruguayos que no podían organizarse porque ya estaba el golpe en Uruguay”.

En esa historia hay nuevos datos. Al menos uno de los trabajadores de la represa fue llevado secuestrado a La Perla. Es Mario Nivoli, uno de los desaparecidos que acaba de identificar el EAAF.

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